Nuestra fascinación por las transformaciones

Me pregunto por qué nos fascinan tanto las transformaciones. Las fotos del antes y el después. Nos muestran la figura de una persona gorda o fea (tal vez ambas cosas) y en la siguiente foto la misma persona flaca o linda (probablemente, ambas). Nos encanta pensar que en esa mágica transición entre el pasado y el presente se puede dar una drástica transformación, un viaje hacia la luz, desde una existencia que causa sufrimiento y dolor personal hacia la belleza que nos hace más atractivos. Da pavor ver la foto del viaje real desde la juventud hacia la vejez. Es tan impresionante la imagen que causa una incomodidad inmediata. La verdad no tiene la mejor prensa y lamentablemente carece de magia.

We just want to be loved, es eso.

Nuestra posmodernidad nos llena de programación de make overs, de cirujanos plásticos que realizan todo tipo de proezas sobre el pobre físico humano. Las mujeres que pasan por tanto quirófano se parecen entre sí, como una hermandad del esperpento.  Todo es nip/tuck, estiramos por acá, quitamos por allá, agregamos más en el medio. No digo que esté mal arreglarse algo que nos incomoda, mejorar algún aspecto para que deambulemos por la vida sintiéndonos mejor. Para nada.

Si hay una película boba es Miss Congeniality (bien traducida esta vez como Miss Simpatía) con Sandra Bullock pero tiene escenas memorables. Cuando se presenta a un concurso de belleza debe ser la Eliza Doolittle de Michael Caine y eso solo vale la peliculita Hollywoodense.  Ensaya frente al espejo:  “Oh, if only I had a brain”, cayendo así en todos los estereotipos de que las lindas son tontas. Pero nos hace creer que se puede ser inteligente y hasta ruda además de linda. (“I really do want world peace” es la frase que cierra).             

Cenicienta. Cuento de todos los cuentos. Favorito entre las niñas. La pobre chica maltratada y mal vestida que se casa con el príncipe. Nos encantan estas historias desde chiquititas.

From rags to riches, miles de historias que nos relatan como de la nada salieron tantísimos millonarios exitosos, pero a nadie le importa si son felices o si tienen lguna ética de vida.  Hacemos la fácil, capturamos lo que se ve a simple vista. Mejor no profundizar demasiado.

Creo que hay mucho de pensamiento mágico en la fascinación por los cambios bruscos. Viene mi hada madrina y ¡puff! con un poco de pixie dust me transforma en la mujer más deseable del condado (juro que siempre dije que quería una hada madrina y que es mi personaje preferido).  Nadie parece querer hacer los esfuerzos necesarios para una transformación real, algo que nos haga de verdad más felices. El poder hacer cambios que sean duraderos, profundos e internos. Pero lo cierto es que no se puede mostrar lo de adentro. No hay máquina de foto, scanner o rayo X que muestre lo que una persona recrea en su interior. What a pity, alguien deberia inventar esa máquina.  La foto del “antes”: un alma oscura, mentirosa y corrupta  y el “despues” con un aura limpita, colorida y alegre. Nah, le falta espectáculo, dudo que  acabe con los make overs estéticos.

Tal vez todos tengamos la secreta certeza de que podemos ser mucho mejor de lo que somos.

Y llegó la hora de confesar. Mi historia preferida, by far, es la del patito feo.

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