Rana en punto de hervor

Hay una historia que últimamente no me puedo sacar de la cabeza.  Es una fábula muy conocida que traspasa culturas por lo ilustrativa que resulta.

La historia es que si echamos una rana en una olla con agua hirviendo saltará inmediatamente para evitar el desagrado y el shock del contacto con el agua caliente. La rana escapa así a un triste final y sale sin sufrir daño.

En cambio, si a la rana la ponemos en agua agradable, tibia, cómoda, se queda nadando muy contenta. Tan plácida está que no se da cuenta que abajo de la olla se ha prendido el fuego.

El fuego va calentando de a poco y la rana ya no puede reaccionar. Al ser paulatino aunque fatal el cambio, la rana se queda en el agua y muere hervida.

Creo que no hace falta aclarar la moraleja. Sólo decir que si un cambio es lo suficientemente lento como para que ya no podamos reaccionar el mal está hecho. Cuando lo aberrante se vuelve moneda corriente el agua hierve. La libertad se pierde de a poquito aunque la humanidad haya tardado siglos en conseguirla y aunque mucha sangre haya sido derramada por el camino.

Según ciertos biólogos la premisa de la historia no es verdadera ya que, aunque el agua se caliente paulatinamente, la rana todavía está a tiempo de saltar. Sin embargo, algunos experimentos realizados en el siglo XIX sugieren que la premisa es real si el cambio en la temperatura del agua es lo suficientemente gradual.

Esperemos que, en el siglo XXI, los primeros tengan razón y que la rana todavía esté a tiempo de saltar.

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